El viaje de color, Mario Rivero

Jorge Riveros

La sensibilidad de Jorge Riveros, su continuo crecimiento como artista, pero sobre todo la lógica interna de su propia obra depuradamente abstracta, a la búsqueda de una percepción original, reveladora de la esencias de los signos y símbolos del arte, parecería exigir como resultado, que hoy emprenda la tarea de confrontar y contrastar un lenguaje agudamente contemporáneo, con pautas reconocibles del mundo precolombino, alcanzando un cambio digno de notarse: con mayor
individualización de sus imágenes y mayor profundidad en sus contenidos.

En la obra de Riveros se atestigua así una paciente y empinada subida. Desde los propósitos del Neo-Plasticismo estricto establecido por Mondrian, Van Doesburg y sus seguidores, es decir, desde las puras esencias, más allá de todos los elementos de distracción inherentes a la representación, a más complejas y sensibles estructuras diseñativas. Ahora casi laberintos mágicos, que se acercan a un vitralismo abstracto, en un verdadero ascenso creativo, sostenido con la misma honestidad técnica, el mismo espíritu fino y concentrado y la moderación pasional  que han caracterizado su trabajo Constructivista, iniciado en Alemania en 1965.

Llevando a cabo una investigación básica acerca del arte primitivo, precolombino, a fin de establecer modelos de percepción equivalentes entre el mundo antiguo y una civilización nueva, -sin separarse de la moralidad que emerge de éste proceso de explotación, – Riveros persigue a su manera una síntesis entre el hierático del pasado y las funciones constructivas del presente. Y a partir de éste encuentro, éste contrapunto, -como términos que efectúan la estructura, – despliega imágenes  de una sobriedad y rigorismos heráldicos.

Hay pues significados formales y sentido emblemático, en esta oferta de formas vinculadas por el ritmo, por convenciones proporcionales según la regla de oro de la composición y por una perspectiva no lineal sino óptica, a través del color y las veloduras. Un primitivismo (o un Arcaísmo, más bien) sostenido con fuerza y con pureza. Riveros reitera, amplía y magnifica un vocabulario de formas sobre el que trabajaren hombres sin nombre, de rostros innumerables, nuestros antepasados hábiles e ignotos.

Pero es claro, que se trata de un esfuerzo de reconstrucción racional, totalmente  consciente y desligado de las fuerzas oscuras que movieran al artista remoto. De ningún modo intenta rebajarle el rango pobre de “indigenismo” que el espectador mira, poniéndose si es necesario, las anteojeras de cierta conmiseración social, en caso de interesarle demostrar que no es del todo insensible. Así como tampoco es cuestión de meter demagógicamente las manos, en un mundo irrecuperable, irrevocablemente perdido, cuya derrota es una certidumbre. Un hecho que para nosotros, no es ya experimentable. Una ruptura que no llega a soldarse, y un arte que en su jerarquía intuitivamente sabia, no tolera las groseras falsificaciones que intentan reproducirlo.Se trata esencialmente de arrancar a ese mundo derrotado, elementos plásticos que obran como claves, que abren nuevas posibilidades de comunicación.

Llevándoles a vibrar en otro contexto, dentro de un nuevo campo perceptivo. A resonancias más justas, en las que permanece inquebrantable su severidad y dignidad, demostrando que sólo hay una vía para éstas transpelaciones. Que lo precolombino tiene en lo abstracto su lugar que lo espera. Diríamos entonces, que Riveros hace perceptible por la vista la legalidad de un “código”, percutiendo la identidad y trabazón entre dos sistemas de simbolización de la cultura humana, como que lo Abstracto es una forma que ha aparecido más de una vez, en las brumas de la historia y la vida, a cuyo través se puede expresar un contenido que subsiste como sentido oculto, atávico y que adquiere – como desconocido – , allí donde no podemos llegar a saber ya o nada de ese mundo remoto, un contenido arquetípico.

Lo precolombino se desenvuelve aquí como un trasfondo donde podemos evidenciar, no una actitud artística falsa o comercializada, que puede asumir varias visas de rescate de fantasmas de indios hostigadores, en perpetúa melancolía.
Riveros quiere reto de fantasmas de indios hostigadores, en perpetua melancolía. Riveros quiere remitirse sin duda simple y totalmente al hecho formal, estético, vindicativo de lo abstracto. Rescatar signos plásticos que le dan la oportunidad de extremar la capacidad estética de su lenguaje, para declarar que después de todo, las ardacias y novedades que el arte abstracto actual presenta, corresponden a un fondo de creaciones más o menos análogas, producidas en otras edades y ciclos de cultura, cuyo sentido escapa a la edad moderna, o se nos da apenas enigmáticamente, de una manera cifrada.

Quizá porque parece un poco hermético o sofisticado, el poder de lo no figurativo constructivista para conmover, rara vez es apreciado altamente, como se debe, por público amplio. Su desnuda belleza , el plano apolíneo en que se realiza, brilla como un reproche inexplicable, al menos para el hombre de la calle. Pues está claro que el hombre que rehúsa en su pintura la representatividad argumental, que se une a la orgullosa declaración de Malevich, de que “lo creado por el espíritu es mucho más viviente que la materia”, se somete a principios que ha recogido de la geometría. Es decir, se encuentra sometido a un dominio superior de exigencia de  singular dominio y lucidez, la afirmación artística de un orden que supone un receptor en igualdad de condiciones, o al menos ejes que puedan abordar sin prejuicios el carácter netamente plástico de los fenómenos.

Este, el punto de partida para Riveros: formas puras, orgullosamente “en sí”, aceptando apenas la referencia a una relación armoniosa, en que se penetran y responden a través de una serie de grados, combinatorios y modificaciones. Signos altamente formalizados, para construir una realidad que el pintor puede, a veces, permitirnos sorprender casi en el instante mismo del alumbramiento, pues la puesta en obra, el trabajo de creación, el engendrar bajo los dedos, o la producción del acontecimiento formal, en el caso del artista constructivo, como en el caso del alquimista, puede justificarse muchas veces, por el proceso mismo.Jorge Riveros, sin embargo, trabajó en nombre de una ética más amplia, particular y más fecunda. Desviándose en lo posible de la comprensión constructivista, de la frialdad de la fórmula, por más que entienda la eficiencia de apoyarse sobre estructuras definidas. Asume una responsabilidad mayor y aspira a un valor supremo: el de la significación. La voluntad de trascender la relación mecánica de las formas. De este modo, aunque se advierte la sumisión de los elementos a una función embellecedora, en una composición de valores severamente ornamentales (que ya no decorativos), el concepto rigurosamente geométrico, logra un matiz transmundano que constituye su dignidad. Que parece librarlo de las violencias de la emoción y de las circunstancias, en el reposo sereno de la intemporalidad.

Esa vida decantada, mantenida a distancia se da como una superación del objeto, como un “más allá del ser” –que diría  eidagger- y es la que permite que ésta reunión de “formas y colores sobre la superficie plana”, pueda ser leída como una obra de arte, como cuadro, y no nos haga, como sucede tantas veces, el efecto trivial, de extraordinaria superficialidad de una tapicería.

Mario Rivero

Revista Hexágono Vol. 4 No. 1. 1995.

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