RIVEROS, UN MAESTRO CON HISTORIA

Jorge Riveros

Jorge Riveros

El maestro Riveros con un de sus trípticos de fondo, en su taller del barrio Bella Suiza, Todo un orgullo.

Jorge Riveros trabaja como un obrero incansable en su estudio de la Bella Suiza.Tiene la mirada clavada en un lienzo que con cada trazo es menos blanco y más obra de arte, y sus manos están untadas de mil colores.
Su barba blanca hace recordar al personaje legendario que ofrece regalos a los niños en Navidad, pero en su estudio no hay duendes fabricando obsequios, ni juguetes arrumados, sólo está él. Las paredes son blancas como el polo norte y están repletas de pinturas que dan testimonio de toda una vida dedicada al arte.
Con la sencillez de un ocañero que salió de su terruño acosado por la violencia cuando era apenas un niño, se cansó un día de tanto oír los elogios que sus familiares le hacían a su hermano por dibujar bien y comenzó a entusiasmarse con el arte.

Cuento de buses y borrachos

Comenzó pintando transportes públicos en cartulina -a 30 centavos- para conductores sorprendidos por el parecido con sus vehículos. “Yo creo que lo único igual eran las placas”, dice
Riveros, quien a los 13 años decidió escaparse da la casa para buscar futuro en Bogotá donde, le contaron, “estaban los pintores más grandes del mundo”.
Se bajó de una flota en una plaza de mercado y desde ese momento empezó a desarrollarse como un joven con aspiraciones de convertirse en artista y hombre.
Como todo un Toulouse Lautrec, hacía caricaturas de borrachos que unas veces le mentaban la madre y otras lo invitaban a beber. Se defendió, como pudo, hasta que logró ingresar a estudiar artes en la Nacional. Ahí llenó de dibujos las paredes de un salón luego de que uno de sus profesores le dijera: “Cada vez que haga una pintura me la cuelga ahí”, recuerda Riveros, quien “ni corto ni perezoso” empapeló con su talento cada rincón. Él servía de ejemplo a sus compañeros y logró ganarse una beca de 70 pesos para terminar su carrera.
Hacía pinturas inspiradas en los toros, trabajó como maestro en escuelas de pintura y se defendió vendiendo sus trabajos hasta que una tarde en el Café Automático, en la avenida Jiménez, sus compañeros de bohemia se pusieron de pie para anunciarle que había ganado una convocatoria para seguir sus estudios en Europa.
En Madrid hizo cursos de pintura mural, clases de historia del arte y, “como un conejo de panadería”, duró largas horas metido en el Museo del Prado aprendiendo de los grandes maestros y haciendo copias de sus obras más representativas. Su viaje de 8 meses terminó en una estadía de 12 años, 11 de ellos en Alemania, en los que vivió las duras y las maduras, aprendió a “machacar” el idioma, se desarrolló como todo un artista y se casó con una alemana que lo convenció de volver a Colombia para formar familia.
Él reconoce que tiene un gran espíritu para enseñar. Trabajó 23 años en la Nacional y su reputación como uno de los artistas más importantes del país se ha difundido en todo el territorio, hasta hoy. Sin presumir, ha participado en más de 200 exposiciones colectivas y más de 100 individuales y su forma de expresión ha tocado lo figurativo, las formas geométricas y lo abstracto porque piensa que “un verdadero artista avanza y no hace siempre lo mismo. En el mundo hay todas la libertades para hacer lo que uno quiere como pintor”.
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