El arte contemporáneo descubre y conquista Cartagena de Indias

Jorge Riveros

Arte Moderno – Jorge Riveros

 Y la llamaron “la Avignon de Latinoamérica” , por la cantidad de festivales que albergaba. Cartagena de Indias es famosa por su certamen anual de cine (el FICCI , el más antiguo del subcontinente); por el de literatura (en una ciudad en la que dio sus primeros pasos Gabriel García Márquez ); por el de artes escénicas… Pero faltaba el artístico. La I BIACI nace auspiciada por la fundación homónima, una entidad privada sin ánimo de lucro del que forman parte algunos de los promotores de estos eventos citados, los cuales transforman la ciudad colombiana en escaparate de la cultura . 

Entre sus mecenas, Patricia de Ardila : “La idea de dotar a la urbe de un evento artístico de primer nivel viene de lejos, y hemos tenido experiencias en el pasado. Hace unos tres años volvimos a resucitar la idea. Cuando la galerista Nohra Haime abrió sede en la ciudad, decidimos retomar el viejo sueño “.

Una ciudad que es un monumento El plan se puso en marcha hace un año y en tiempo récord. Había que luchar contra dos contratiempos: de un lado, el clima sofocante del Caribe , que solo da tregua en los primeros meses del calendario. Ahí debía fijarse la fecha. Del otro, la cercanía de Venecia, la bienal por antonomasia , cuya edición de 2015 se quería evitar. Para conseguirlo, se ha contado con la labor de Natalia Bonilla como directora y, sobre todo, de Berta Sichel (responsable de audiovisuales del Museo Reina Sofía durante trece años), que se ha ocupado de la dirección artística.

Muchos creadores españoles. Si se hablaba de pasado, era imposible obviarnos Recuerda Sichel que lo primero que le impresionó de Cartagena fue su carácter monumental. No en vano, la ciudad es patrimonio de la Humanidad desde 1984: “Transitar por ella es como estar dentro de un monumento”, admite. Justo por su pasado colonial y el rol que como puerto cumplió tras la conquista española, la huella de la memoria es poderosa y tenía que impregnar el espíritu de la cita: “Esta es una bienal sin título , pero en la que juega un papel básico la idea de presencia del filósofo danés Eelco Runia como “lo que está en contacto”. El pasado es algo que no se puede ignorar en la sociedad contemporánea. Una de las preocupaciones de la convocatoria es cómo se puede representar en el presente y a través del arte”. “Prefiero hablar de conjunto de exposiciones cruzadas en las que sus líneas de pensamiento dialogan unas con otras y, a su vez, con toda la ciudad”. Hace bien Sichel en aclarar este punto porque, desde luego, no es esta una bienal al uso . No solo porque Cartagena es una ciudad fuera del circuito (nos lo recuerda Bonilla, que asume que la sombra de Sao Paulo es alargada , y nos explica que el mercado en Colombia –país invitado de ARCO’15 – se lo reparten Bogotá, Cali y Medellín), sino porque además no tiene tradición artística . Por eso esta “no bienal” es un inmenso ejercicio de pedagogía (del que han formado parte agentes como Rafael Ortiz ), cuyo primer reto ha sido involucrar a los locales.

Particularidades que te diferencian Así, a grandes rasgos, podemos decir que la de Cartagena es una bienal –de calidad y bien estructurada– con muchas particularidades. Entre ellas, la de contar con una muestra de artistas exclusivamente colombianos ( El ocioso imperfecto o cuando las cosas desaparecen , comisariada por Miguel González , Gabriela Rangel y Stephanie Rosenthal , y en dos espacios: el Museo de Arte Moderno –sobresalientes allí, Juan M. Echevarría, Clemencia Echeverri, Jaime Ávila Ferrer, Juan D. Laserna y Miguel Á. Rojas – y la Plazoleta Joe Arroyo – A. F. Castaño, P. G. Uribe y José Olano –. Ojalá nos reencontremos con ellos en febrero en Madrid). O la de que despliegue en sus sedes a estudiantes de camisetas naranjas dispuestos a abordar al espectador y a narrarle de cabo a rabo la historia de cada obra.

Esta “no bienal” sin título es ante todo un inmenso ejercicio de pedagogía También le particulariza, para conectar con esa sí que fecunda tradición de la ciudad con las artes escénicas, un nutrido programa de performances ( Beth Moysés , Svetlin Velchev , Nezaket Ekici …) cuyo “auditorio” ha sido el Centro de la Cooperación Española, aunque también llevó a la compañía “Colegio del Cuerpo”, de Álvaro Restrepo , al Teatro Adolfo Mejía. Asimismo es una particularidad –que en este caso nos beneficia – la alta participación de españoles, tal vez, porque si se hablaba de pasado, era imposible obviarnos. Sichel ha trazado un fecundo tapiz (en el que más del 50 por 100 de participantes son mujeres ) en cuatro sedes principales, con sus ramificaciones por toda la ciudad. En la Casa 1537 –la primera iglesia de Cartagena es momento de hablar de colonización, comercio y esclavitud. Potentísimos Eduardo Abaroa (que “destruye” el museo antropológico de México), Ruby Rumié (que sitúa frente a frente a señoras y sirvientas) y Carlos Motta . En el Palacio de la Inquisición, los protagonistas son el trauma, la pérdida y el dolor. Los mejores proyectos, los sonoros e invisibles: la última cena de los judíos españoles antes de ser expulsados en 1492 recreada por Terry Berkowitz ; los ecos del pozo de Emeka Ogboh ; el juego con los poemas de Benedetti de Richard Garet ; las piezas escondidas de Elena del Rivero y Yoshihiro Shuda …

Que no falte la crítica Saltamos al Museo Naval y conectamos con otra tradición de la ciudad: la artesana, lo que no oculta la denuncia, evidente en Janet Biggs , los tapices de Ana Torfs , la biblioteca de Yin Xiuzhen o los falsos troncos del hindú L. N. Tallur . Por último, en el edificio de Presentación, obras vinculadas a la música, la performance , la ecología…

La huella de la memoria es poderosa en la ciudad y tenía que impregnar el espíritu de la cita A partir de ahí, diríjanse a cualquier punto de Cartagena. Una obra le estará esperando: un árbol de los deseos -otro- de Yoko Ono en Plaza Nautilus; Bill Viola en Artillería; Guillermo Paneque (pronto en el CAAC de Sevilla ), en Calle Sierpe, en el barrio de Getsemaní, donde nos cede el micrófono Saatch Hoyt u ocupa la capilla de la Trinidad Marine Hugonnier . La Casa del Reloj, emblema de la urbe, es tomada por Fernando Bryce y Diango Hernández . Fantásticas piezas en Fortificaciones de Jasper Just o Bill Cullbert ; el Carlos Schwartz de la muralla… ¿Y ahora qué? Los artistas y agentes locales lo tienen claro. La semilla ya se ha sembrado . Hace falta concienciación de la ciudadanía e implicación de los poderes públicos. Ni una bienal puede ser el maná del arte en Cartagena ( colectivo Octavo Plástico ), ni los resultados, inmediatos, y necesitan de esfuerzo (Ruby Rumié). “Hay que incidir en los procesos y en lo que queda por hacer cuando la bienal cierre sus puertas”, añade Restrepo. Nos quedamos con su deseo: “Si hay una segunda bienal, esta se desarrollará en el periodo que se ha denominado de “postconflicto”. Entonces, debería tocar analizar el papel del arte y la cultura en el proceso de reconstrucción de una identidad “. Queda dicho. Larga vida a la Bienal de Cartagena.

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