Un ‘Litoral’ de árboles que jamás duermen

Jorge Riveros

Herbert Bayer

«Árboles que habéis visto, que veréis mil años de primavera». La cita de Juan Ramón Jiménez parece una consigna hecha a medida, un aforismo cómplice que invita a hojear el nuevo número de la revista Litoral. Bajo el título El árbol. Poesía y arte, la publicación que fundaran los poetas malagueños del 27 recorre buena parte de los versos y las creaciones artísticas que se han inspirado en los árboles o en cualquiera de sus elementos. Desde la semilla hasta las ramas, éste es un Litoral que, como aquel poema de José Manuel Caballero Bonald, convive con los árboles, o que, a juego con el título de otra composición de Octavio Paz, tiene mucho ‘Árbol adentro’.

A medida que se avanza entre sus 260 hojas, este frondoso compendio de páginas también tiene algo de canto a la libertad. De invitación a cerrar los ojos, respirar hondo y embriagarse de ese aire puro que sólo derrama con sus licores más salvajes la madre naturaleza.

Según explica en el editorial de este número el director de la revista, Lorenzo Saval, el árbol «ha sido el modelo perfecto para que se adentraran poetas y pintores, libres de toda sospecha, en la vida interior de la naturaleza, y ahondaran con la punta del pincel o el borde de la palabra en los misterios de la existencia». «La presencia del árbol en la poesía y el arte trasciende el espacio y el tiempo, y por tanto éramos conscientes desde un principio que este paseo por campos y jardines terminaría en una emboscada. Esos árboles-hombres que le hablaban a Juan Ramón Jiménez se abalanzarían sobre nosotros convirtiendo este Litoral en un populoso bosque muy difícil de atravesar», añade Lorenzo Saval en un claro aviso del profundo trance que aguarda la visita del lector.

‘En busca del tiempo perdido’, de Herbert Bayer.
Lleva razón Saval. Entre esta inmensidad se intuyen estos hombres-árboles juanramonianos, cercanos al bosque de Agustín Ibarrola, e incluso no se tarda en diferenciarlos de los demás por muy abundantes que sean los ejemplares literarios y artísticos que se suceden en este espeso paraje de papel. Por ejemplo, aparecen bien plantados el muchacho-árbol que dibujó Rafael Pérez Estrada, o esos habitantes tenaces del decorado urbano a los que le gritó la poesía de Manuel Altolaguirre: «Árboles a la vía, desenfrenados, locos, en sucesión perenne».

La travesía por estas páginas recientes se hace tan intensa que se torna especialmente certera la apreciación de ese constructor de paraísos poéticos que fue Vicente Aleixandre: «El árbol jamás duerme», dejó escrito el Premio Nobel en contadas palabras cuya contundencia explota en este Litoral imposible de talar bajo una sugerente imagen de Bill Brandt. La fotografía se titula Árboles de la cuneta iluminados por un automovilista y desprende un halo misterioso.

Parece un adelanto del festín sombrío que alumbra otros recovecos del número: «La sombra de un ciprés en el frío del alma ayuda a recordar la vida que no fue y el espanto profundo de mirarse a las manos como si uno aún un ser vivo fuera», cantó con el desgarro que le caracterizaba ese poeta-loco maravilloso que siempre será el inmortal Leopoldo María Panero.

Fuente: elmundo.es

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s