Shanghái se abre al arte occidental

Título: Composición I Año: 1970 Tamaño: 100 x 100 cm Técnica: Wacofin / Lienzo

El termómetro es descomunal y se divisa a varios kilómetros a la redonda, incluso entre la niebla espesa y contaminada que gobierna Shanghái. Hoy marca 16 grados desde la fachada de la Power Station of Art, antigua central eléctrica de 42.000 metros cuadrados reconvertida en 2012 en el primer museo de arte contemporáneo de titularidad estatal en esta ciudad. A su alrededor, cientos de conductores circulan por laberínticos bulevares de circunvalación, luciendo esa sonrisa propia de las economías emergentes. Bajo cada puente, una pantalla gigante les saluda escupiendo datos sobre el curso de la bolsa, casi siempre al alza. La clase media entra y sale de nuevas zonas comerciales, envolviéndose de un lujo cada vez más asequible para sus rebosantes bolsillos –hay marcas francesas que se plantean una pronunciada subida de precios, para seguir siendo deseadas y deseables– y celebra todas y cada una de las fiestas occidentales, de San Valentín a Navidad y vuelta a empezar, con la misma pasión que si hubieran sido idea de Confucio.

¿Qué papel juega el arte en una sociedad próspera y en plena transformación? La Bienal de Shanghái, clausurada esta semana tras cuatro meses ofreciendo un extenso y ambicioso programa de arte contemporáneo, ofrece una posible respuesta. La cita, iniciada en 1996, llegaba este año a su décima edición. Si las anteriores se habían visto perjudicadas por el gusto de sus responsables por la espectacularidad más gratuita, además de una programación formada casi exclusivamente por nombres locales, la que ahora llega a su fin ha supuesto un salto adelante en una dirección distinta. “Hemos querido potenciar el diálogo entre Occidente y Oriente. Nuestro comisario es un alemán de perfil académico, Anselm Franke, y el 60% de los artistas presentados son internacionales, frente a solo un 40% que vienen de China, Taiwán y Hong Kong. A medida que pasen los años, iremos a más”, sostiene Li Xu, vicedirector de la Power Station of Art, confirmando un pronunciado cambio de orientación. “Le pedimos a Anselm que preparara una exposición a partir de los sentimientos, que fuera capaz de emocionar a la gente. No queríamos solo textos en las paredes”.

En las salas del recinto, que hace poco acogió una gran muestra sobre el surrealismo con lienzos procedentes del Centro Pompidou de París, encontramos esta vez las obras de Peter Dreidl, Adrian Melis o Stephen Willats, conversando con las de Huang Ming-Chuan, Chen Chieh Jen o Ming Wong, prodigio del arte singapurense. Leviathan, un documental experimental a cargo de la pareja francobritánica formada por Véréna Paravel y Lucien Castaing-Taylor, coexiste con una obra del cineasta Huang Ran, presentada en el último festival de Cannes. El tema que las engloba responde a un impreciso enunciado: “La fábrica social”. En otras palabras, el tejido formado por los ciudadanos y su transformación en tiempos de consumismo desenfrenado y fausto para las masas. “Después de años hablando del cambio chino en términos exclusivamente económicos, me interesó abordar el tema desde otro punto de vista”, apunta Franke, procedente de la Haus der Kulturen der Welt, prestigioso centro de vanguardia en Berlín. “Es un país que ve su modernización como una forma de superar un siglo de humillaciones, y el arte también forma parte de ese proceso”, añade frente a una taza de té en un restaurante de la Concesión Francesa, controlada por París entre 1849, tras la victoria francobritánica en la segunda guerra del opio, y 1946, después de los acuerdos de Nankín.

No es ningún secreto que las autoridades locales pretenden servirse de la cultura para cambiar de imagen. Y no es casualidad que haga años que los museos, fruto de la iniciativa pública como privada, se multipliquen. Además de la Power Station of Art, la coleccionista Wang Wei inauguró hace unos meses el Long Art Museum, de 33.000 metros cuadrados. El Rockbund Art Museum fue pionero en 2010. Dirigido por el francés Larys Frogier, acoge un programa de exposiciones propias en un antiguo edificio colonial a pocos metros de ese malecón al que los británicos rebautizaron como Bund. La última, dedicada al reputado artista suizo Ugo Rondinone, formó parte del programa off de esta Bienal. El Mingsheng Art Museum y el Yuz Museum, inaugurados en 2014, son las últimas incorporaciones al panorama museístico de Shanghái: dos recintos necesitados de contenidos que estén a la altura de su espectacularidad.

Sean Scully, gran figura de la abstracción pictórica, protagoniza una gran retrospectiva en Shanghái y Pekín

“En Shanghái existe una voluntad de convertir el arte en soft power”, concede Franke. “Pero siempre he creído que eso no funciona si uno evita enfrentarse a la pluralidad de opiniones”, sostiene el comisario, que ha escogido a un puñado de obras discretamente subversivas. “No me interesaba mostrar el arte que las nuevas élites puedan colgar en su comedor. Quería ir más allá”. Franke asegura que contó con libertad para sugerir temas y nombres, pese a “algunas restricciones menores”. “En mi contrato decía, de manera imprecisa, que debía respetar las circunstancias políticas y no herir conscientemente sentimientos religiosos o históricos, ni tampoco elegir a artistas sobreexpuestos”, asegura Franke. Abrirse a nombres internacionales es una manera de reafirmar la legitimidad de la esfera del arte local y exhibir apertura de espíritu. “En toda escena artística es importante contar con extranjeros, porque siguen normas diferentes y funcionan con otros códigos. Especialmente en lugares como China, donde hay tantas normas y códigos ocultos”, afirma Franke. “Los extranjeros siempre pueden decir que no han hecho las cosas correctamente porque no saben hacerlas mejor. Aquí, ser un extranjero estúpido puede suponer un gran capital”, ironiza el comisario.

Doce kilómetros al oeste, cruzando el río Huangpu hacia el distrito de Pudong, Sean Scully se encuentra sentado en el lobby de un nuevo hotel de lujo, donde suena una música infantil y algo machacona. El artista irlandés, gran figura de la abstracción contemporánea, acaba de protagonizar una extensa retrospectiva en el Himalayas Museum, otro nuevo centro pegado a uno de esos centros comerciales que florecen en cada esquina, antes de despegar hacia Pekín, donde se expone hasta el 23 de abril. Poeta de la geometría–y cinturón negro de karate, como se esfuerzan en demostrar los paneles de la muestra para acercarlo al público local–, Scully se muestra orgulloso de haber sido aceptado y celebrado por la escena china. La tarde anterior, pronunció una conferencia ante un público multitudinario e inusualmente joven. “Han llegado a un punto en que pueden permitirse invitar a extranjeros. Ya están preparados para entrar en esta fase”, afirma. “Es emocionante formar parte de este momento, porque todo el gran arte surge en los lugares que están a punto de convertirse en algo”.

Para Scully, el arte tiene la función de superar las barreras mentales después de décadas de opresión intelectual. “El arte debe permitir el pensamiento libre. Debe enseñar cómo esquivar la autoridad, cómo construirse una autoridad propia. No estoy hablando de la revolución. El arte es mucho más subversivo que la revolución. El arte afecta e infecta. Y yo he querido inocular mi virus a China”, sonríe. Pero este tropismo aperturista tiene sus límites. Uno de los artistas seleccionados no pasó la criba de la censura: Pak Sheung Chuen fue eliminado de la lista de artistas expuestos poco antes de la inauguración por haber participado en el movimiento prodemocracia en Hong Kong.

 En octubre, el presidente Xi Jinping pronunció un discurso ante grandes personalidades de la cultura, a las que instó a servirse de la “energía positiva”. Una coletilla recurrente desde hace meses en el Partido Comunista, que insta a evitar toda crítica al sistema en nombre de un supuesto optimismo existencial. “Es una tendencia preocupante. El buen arte debe ser lo opuesto a la positividad y al positivismo”, plantea Franke. “Además, es una estrategia contraproducente. Por ejemplo, la historia estadounidense demuestra que la obligación de sonreír solo ha provocado depresión y desarraigo”. El comisario de la Bienal cree que el arte terminará por provocar el cambio deseado. “El arte nos comunica con las cosas que no tienen nombre, con lo que no sabemos sobre nosotros mismos, con lo que la sociedad no sabe sobre sí misma. Ese contacto con lo desconocido es lo que nos mantiene vivos”.

Fuente: El Pais

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